martes, 15 de septiembre de 2026

La fantasía del impuesto al robot

El ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca de Uruguay, Alfredo Fratti, afirmó que no es momento para debatir una reducción de la jornada laboral y propuso que los robots autónomos —dispositivos que operan sin intervención humana directa— realicen contribuciones destinadas específicamente al Banco de Previsión Social (BPS) para garantizar la sostenibilidad del sistema previsional frente al avance de la automatización [Nota de Prensa].

Pero la realidad no es tan sencilla. Pensar en la sustitución tecnológica a través de la figura del robot androide es una simplificación que no captura cómo funciona la economía actual. La automatización no opera reemplazando personas de a una por máquinas con forma humana, sino a través de algoritmos, software y procesos de inteligencia artificial. Además, reducir este fenómeno a una mera "revolución industrial" más es no entender su escala: la IA no solo automatiza tareas, sino que desplaza capacidades cognitivas y reconfigura la forma en que pensamos, trabajamos y concebimos el mundo.

Ahora los procesos de sustitución del trabajo por tecnología se aceleran claramente, y tenemos dos grandes desafíos: (1) un tiempo extremadamente corto para que las personas se adapten a los nuevos roles en una economía donde la ejecución se vuelve un insumo barato y el valor migra hacia el juicio crítico y la responsabilidad humana, (2) el financiamiento de la seguridad social y la protección de las personas.

Siempre que las tecnologías sustituyeron puestos de trabajo, aparecieron otros para que la economía siguiera creciendo. Seguramente ahora pase lo mismo, pero la velocidad y la naturaleza de este cambio son tan vertiginosas que muchas personas no tendrán el tiempo material para adaptarse, y deben ser protegidas de forma inmediata.

No es posible pensar en proteger puestos de trabajo, sino personas. La formación y los planes de reconversión son herramientas imprescindibles para el largo plazo, pero debemos asumir con realismo que no llegarán a tiempo para todos. No podemos dejar tirados a quienes queden atrapados en esa brecha de transición.

Las empresas deben asumir esta realidad como parte fundamental de su compromiso ético y su responsabilidad social. Cuidar a las personas implica formarlas, encontrarles un lugar y acompañar el proceso. Reducir la fuerza laboral únicamente a un costo prescindible en la búsqueda de eficiencia no es aceptable.

Para el segundo punto —la seguridad social—, insistir en tributar al "robot" como si fuera un trabajador individual es equivocar el camino. La automatización es un fenómeno sistémico y las soluciones no pueden pasar por castigar el uso de la tecnología. La vía es otra.

Con una reducción significativa del factor trabajo tras la transformación digital, y con nuevos modelos de negocios que generan enorme valor sin un uso intensivo de mano de obra, debemos reconfigurar por completo el sistema de seguridad social. Nos exige, en el fondo, discutir una nueva teoría del valor que no mida la dignidad o el aporte de un ser humano únicamente por su tiempo de producción.

Seguramente haya quien sostenga que cada uno debe resolver esto de forma individual, mediante seguros privados, ahorros o inversiones. Quienes entendemos este desafío como un problema estructural, social y de civilización, pretendemos una solución solidaria, más allá de la suerte o capacidad de cada individuo.

Las personas deben ser protegidas en sus derechos. Las empresas, en su origen histórico como formas de organización social del trabajo, deben estar al servicio de la sociedad y responder a las necesidades humanas, en lugar de consolidarse como meros mecanismos de acumulación e inequidad.

En consecuencia, la seguridad social y la protección social deben dar un salto cualitativo: su financiamiento no puede seguir recayendo exclusivamente sobre las rentas del trabajo, sino sobre los excedentes y la riqueza global que la economía en su conjunto produce.

Los impuestos a las ganancias corporativas y a la concentración del capital deben integrarse de forma estructural al esquema de financiamiento de la previsión social, y no actuar como meros salvatajes de coyuntura ante la crisis del sistema.

Si como sociedad desarrollamos nuevas formas de producir y crear valor, sus beneficios no pueden quedar retenidos en la cúspide.

La discusión no pasa por imponer un tributo al robot, sino por orientar políticamente la dirección del cambio tecnológico. Se trata de diseñar mecanismos fiscales que fuercen y garanticen que las ganancias de la inteligencia artificial y la automatización se redistribuyan efectivamente, situando al ser humano en el centro y traducidas en calidad de vida para toda la sociedad.

(*) Una versión más completa y mejor escrita, en colaboración con Pablo Da Rocha, fue publicada el 23 de agosto de 2026 en la diaria. Para profundizar sobre este tema recomiendo este otro artículo de Pablo, y esta nota de Lucía Barrios

[Imagen generada por Gemini]
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