La colega Andrea Abramo examina la transición del especialista desde el procesamiento de datos hacia la interpretación estratégica. Su análisis delimita con precisión que digitalizar, automatizar, aplicar analítica y desplegar inteligencia artificial no son sinónimos, sino escalones acumulativos. El punto crítico de su planteo radica en el impacto de la IA generativa: al procesar probabilidades lingüísticas y no certezas contextuales, la tecnología transforma en commodity las tareas operativas de costos (reportes, desvíos estándar, conciliaciones), obligando al profesional a migrar hacia preguntas de mayor densidad conceptual. Si el cálculo se automatiza, la arquitectura de decisiones, el diseño ético de la captura de datos y la asignación de sentido estratégico siguen siendo una responsabilidad estrictamente humana.
Por su parte, Federico Olivo Aneiros, decano de la Universidad Tecnológica Nacional – Facultad Regional Córdoba, aporta una perspectiva institucional indispensable al advertir que las tecnologías, por sí solas, no transforman los roles, sino que lo hace la capacidad individual de dominarlas para no quedar en desventaja. Su visión introduce un matiz conceptual clave: el advenimiento de la “Industria 5.0” vuelve a colocar al ser humano y a su creatividad en el centro de las organizaciones. Sin embargo, el núcleo de su argumentación interpela la estructura pedagógica actual, describiendo una disonancia temporal crítica: convivimos con un sistema educativo del siglo XIX, un cuerpo docente del siglo XX y estudiantes del siglo XXI. Ante esta brecha, propone una actualización curricular flexible que resguarde una formación básica profesional que considera innegociable.
Ante estos planteos, considero necesario interpelar un supuesto automático en el que suele caer nuestra disciplina. Afirmar que las “habilidades blandas” (empatía, liderazgo, resiliencia) son el refugio seguro e infalible frente a la automatización es una verdad a medias. Las competencias conductuales sin una base técnica robusta, avanzada y digitalmente alfabetizada son estériles en la gestión estratégica moderna. No podemos escudarnos en el “pensamiento crítico” si en las aulas y en las organizaciones seguimos enseñando y modelando costos con estructuras estáticas, divorciadas de los flujos de datos masivos y en tiempo real.
A esto se suma otra inercia pedagógica que debemos desterrar: la presunción cronológica de que la formación universitaria debe priorizar el registro y la elaboración de información, postergando el análisis y la gestión para etapas avanzadas o el posgrado. Esta división temporal del conocimiento ha quedado obsoleta. En un mundo donde se automatiza el procesamiento de datos desde el primer día, el graduado necesita capacidades de análisis y gestión de la información desde el inicio mismo de su práctica profesional. Diseñar programas bajo el supuesto de que el joven profesional pasará sus primeros años registrando datos y confeccionando reportes de forma rutinaria es condenarlo a la irrelevancia laboral inmediata.
El verdadero desafío de las universidades y de los profesionales no es solo encontrar un equilibrio entre tradición e innovación. Exige aceptar que los fundamentos técnicos tradicionales también deben mutar de raíz. La formación básica ya no puede estructurarse bajo el supuesto de un profesional que recibe información limpia para calcular; debe prepararse para auditar algoritmos, detectar sesgos en datos históricos imperfectos y liderar conversaciones de negocio complejas. En entornos volátiles, interpretar vale tanto como calcular, pero solo si se comprende el andamiaje técnico que sustenta el dato.
Agradecemos a quienes enriquecen este espacio con sus contribuciones e invitamos a la lectura de los artículos de investigación y experiencias prácticas publicados en este número de la revista.
[Revista Costos y Gestión de IAPUCO]
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