viernes, 28 de mayo de 2010

El cuco y el hombre de la bolsa

Otra vez la prensa tradicional amplifica cosas que no son tan horribles como terminan pareciendo y se omite profundizar en las causas de los hechos, así como presentar otra campana.

En estos días circula el texto de una nota realizada en el programa En Perspectiva de radio El Espectador a una supuesta víctima de Facebook, titulada "Los peligros de las redes sociales: cuando la impunidad es norma".

Un empresario uruguayo, que "jamás usó Facebook por una cuestión de principios (...) un día recibió la noticia de que alguien había creado un perfil suyo en la popular red social, en el que se le atribuían preferencias políticas y sexuales".

Cuando escuché esa entrevista lo primero que me vino a la cabeza era suponer que ese empresario tampoco va a boliches (pues no hay alguien responsable de todo lo que allí sucede) y me quedé con la sensación de que su problema es más sus enemigos que las redes sociales.

No voy a hacer comentarios sobre las insinuaciones derechistas de algunas de sus frases ("algunos grupos políticos quizás un poco radicales, permitidos pero radicales al fin, y en algunos grupos de preferencia sexual no aceptados generalmente por la sociedad, no quiere decir que no tengan sus derechos, pero a los que yo no pertenezco")... mejor no, así nos centramos en el tema Facebook.

Su desconocimiento del uso de Internet es evidente. Cuando dice "esa persona tenía 13 o 14 mails distintos que había usado a lo largo de su vida para distintas actividades o para ocultar su personalidad" creo que muchos nos sentimos tocados, ya que es habitual tener varias direcciones de correo y no con fines terroristas.

Realmente creo que casos como el de este empresario, tienen más que ver con sus juntas que con las redes sociales. Esta persona estaba "por fuera" de todo esto, y le pasó algo 'horrible'... si hubiese tenido su cuenta en Facebook eso no le pasaba, pues sería dueño de su perfil en la web.

Las redes sociales son tan peligrosas como las personas que las habitan, que los leen y los toman "en serio"... hay que cuidarse de las personas más que del software.

No hay dudas que hay un "gran hermano", pero más al alcance de todos que de un único centro de poder - aunque siempre se puede soñar con conspiraciones en Facebook y Google - y contra ese big brother no hay mucho que podamos hacer más que estar atentos y ser consientes (y formar en ese sentido).

Discrepo totalmente con quienes afirman preocupados que "el derecho a la información está lamentablemente por encima al derecho a la intimidad".

Cada uno es dueño de su intimidad, y decide qué publica y qué no... tiene que además saber que si publica en ciertos lugares el contrato de adhesión convierte su información en pública o le da la propiedad de sus datos, fotos u opiniones a un tercero.

El derecho a la intimidad es un derecho que se ejerce... eso requiere información, conocimiento y acción.

Me quedo con una frase de una colega y amiga: "no tengo que hacer, tampoco todo lo que la gente hace, sino cuando lo siento necesario"... a lo que agrego "sabiendo las consecuencias y efectos que pueda tener".

El hombre del relato de prensa (que motivó todo esto) no tuvo un problema con las tecnologías... tuvo un problema personal con un enemigo que a diferencia de él, sabía usar las tecnologías.

Es como los virus, no hay antídoto completamente efectivo, y los virus están ahí... solo se trata de estar atentos para poder minimizar riesgos.

Si alguno quiere ir un poco más allá, y analizar el tema desde un punto de vista más académico, le recomiendo este artículo de J.A.Sanchez de la Universidad Nacional Autónoma de México, y este otro de Piscitelli de la Escuela de Comunicación de la UBA.

[Imagen: intervención sobre fotografía tomada de este artículo sobre cosas que uno creía de chico]
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